Rongai, kenia – segunda quincena

«Viajar cambia la forma de mirar el mundo, pero compartir la vida con quienes apenas tienen nada cambia también la forma de mirar el corazón.» Quizá esa sea la mejor manera de resumir estos últimos quince días en Kenia.

Poco a poco hemos dejado de sentirnos visitantes para convertirnos en una pequeña parte de esta gran familia que nos acogió desde el primer momento. Cada jornada ha seguido regalándonos aprendizajes, trabajo compartido, momentos de convivencia y experiencias que permanecerán para siempre en nuestra memoria.

Nuestro tercer fin de semana nos llevó hasta Homa Bay, donde tuvimos la oportunidad de conocer otro de los colegios de La Salle y descubrir una realidad muy distinta a la que vivimos cada día en Rongai. Allí coincidimos con un grupo de voluntarias catalanas que también colaboraban en otro proyecto, y con una nueva comunidad de Hermanos de La Salle compuesta por Brother Antoine y Brother Joseph, quienes nos acogieron con la misma cercanía y hospitalidad que hemos sentido desde nuestra llegada a Kenia.

Junto a ellos fuimos hasta el lago Victoria para contemplar su espectacular atardecer, un paisaje que transmite una paz difícil de describir con palabras. Después regresamos para cenar todos juntos, compartiendo experiencias, anécdotas y la ilusión de saber que, aunque procedemos de lugares diferentes, a todos nos mueve el mismo deseo: hacer pequeñas cosas que puedan cambiar el mundo.

Pero el día no acababa ahí. Cuando nos disponíamos a ir al hotel para descansar, el coche con el que habíamos viajado sufrió un pinchazo. Uno de los Hermanos nos prestó el suyo para que pudiéramos llegar sin problemas, aunque al llegar descubrimos que aquel vehículo tampoco quería ponérnoslo fácil: no entraba la marcha y terminamos empujándolo entre risas. A la mañana siguiente, tras compartir el desayuno con las voluntarias catalanas y los Hermanos, cambiaron la rueda del coche averiado y emprendimos de nuevo el camino hacia Rongai.

Al día siguiente vivimos uno de los momentos más especiales de esta segunda quincena: ver la final del Mundial de fútbol junto a los alumnos. Compramos refrescos y galletas para compartir el partido y convertir aquella noche en una auténtica celebración. Ver cómo disfrutaban con nosotros y cómo apoyaban a nuestro país fue otra muestra más del inmenso cariño con el que nos tratan.

Las actividades con los alumnos siguieron ocupando gran parte de nuestros días. Organizamos un taller de llaveros y pulseras que tuvo un éxito enorme; muy pronto las mesas se llenaron de hilos, cuentas y pura creatividad. Ver cómo disfrutaban mientras elaboraban sus propias creaciones fue tan gratificante para ellos como para nosotros.

Si aquel taller fue un éxito, el siguiente superó todas nuestras expectativas. Preparamos una actividad de pintura de camisetas utilizando plantillas de animales, frases, letras, motivos deportivos y muchos otros diseños. Cada alumno pudo personalizar su prenda dejando volar su imaginación, y el resultado fue sencillamente espectacular. Todos participaron con una ilusión contagiosa y terminaron orgullosos luciendo una prenda creada por ellos mismos.

Otro de los talleres más especiales fue el de modelado con arcilla blanca. Les propusimos crear aquello que imaginaran, utilizando tanto los moldes que les llevábamos preparados como sus propias ideas, además de letras y números para personalizar sus figuras. El resultado fue increíble: descubrimos auténticos artistas entre ellos que, además, quisieron regalarnos muchas de sus creaciones. Sin duda, serán algunos de los recuerdos más valiosos que regresarán con nosotros a casa.

Entre taller y taller, también conseguimos terminar la rehabilitación de los baños. Un trabajo que concluyó gracias a la valiosa colaboración de varios alumnos, quienes no dudaron en ponerse manos a la obra para ayudarnos. Trabajar juntos hizo que el resultado tuviera todavía más valor, sintiendo que aquel espacio era fruto del esfuerzo compartido.

También viajamos nuevamente a Nakuru para adquirir herramientas destinadas al mantenimiento del colegio. Lawrence, responsable de esta labor, no podía ocultar su emoción al descubrir todo el material que habíamos comprado. Su sonrisa al ver que dispondría de mejores medios para desempeñar su trabajo fue uno de esos pequeños momentos que llenan el corazón y nos recuerdan que gestos aparentemente sencillos pueden transformar el día a día de una persona.

En otra de nuestras visitas a Nakuru acompañamos al hermano Aaron hasta las oficinas de la diócesis. Aprovechó la ocasión para enseñarnos la preciosa catedral de la ciudad y, cuando pensábamos que la jornada terminaba allí, nos sorprendió llevándonos a conocer otro proyecto de La Salle: el Child Discovery Centre, un centro destinado a niños y niñas que, por distintas circunstancias, no tienen familia o no pueden vivir con ellas, y que encuentran allí un verdadero hogar.

Fue una visita profundamente emocionante. Allí conocimos a Brother Oscar y también a José Manuel, director de un colegio de La Salle en Santander, quien dedica parte de sus vacaciones a colaborar en todo lo posible con estos proyectos. Nos impresionó su enorme compromiso con la misión; había viajado desde España transportando cerca de cien kilos de material para donarlo.

Otro de los días más esperados fue nuestra visita al Parque Nacional del Lago Nakuru. Martha, que trabaja diariamente en la casa de los Hermanos, nos acompañó junto a su hijo Roy. Desde el Mwangaza College partimos en un vehículo de safari para adentrarnos en el parque.

La naturaleza nos regaló una jornada absolutamente inolvidable. Tuvimos la inmensa suerte de contemplar leones, algo que, según nos explicaron, no siempre resulta fácil. Además, pudimos observar jirafas, cebras, babuinos, hipopótamos, pelícanos y una infinidad de animales en libertad rodeados de unos paisajes espectaculares. 

Después compartimos la comida con la comunidad del colegio en el que habíamos dejado el coche, compuesta por Brother Oscar y Brother Bonniface, y coincidimos de nuevo con el grupo de voluntarios italianos. Fue un día para volver a sentirnos como niños pequeños, maravillándonos a cada instante con la inmensa belleza de este país.

El último domingo decidimos participar en la misa del pueblo. Fueron casi tres horas de celebración, pero vivimos una experiencia realmente inolvidable. Nos impresionó profundamente su forma de expresar la fe: cantando, bailando, sonriendo y participando con una alegría que contagia a cualquiera. Fue una celebración llena de vida que nos permitió comprobar, una vez más, cómo la espiritualidad se hace presente y une a las personas en cualquier rincón del mundo.

Al día siguiente vivimos otra de esas jornadas sencillas que, sin hacer demasiado ruido, terminan convirtiéndose en los recuerdos más bonitos. Por la mañana quisimos compartir un pequeño pedacito de España con la comunidad y con las chicas que trabajan en la casa preparando uno de nuestros postres más tradicionales: arroz con leche. Fue muy especial ver cómo lo probaban por primera vez y escuchar sus impresiones. Además, aprovechamos para dar los últimos retoques que quedaban en la cocina.

Más tarde acompañamos a Brother Aaron a visitar una vaca que estaba interesado en comprar para el colegio. El dueño nos recibió con una enorme hospitalidad y quiso compartir con nosotros maíz cocido recién preparado, otro ejemplo más de la generosidad constante que encontramos en esta tierra. Por la tarde participamos en las elecciones del colegio, un proceso en el que los alumnos votaban para elegir a sus delegados y a los compañeros que asumirían responsabilidades dentro de la vida escolar.

Poco después nos acercamos a recoger unos vestidos preciosos que una de las profesoras del colegio quiso regalarnos. En tan solo un día, una costurera de la zona había elaborado completamente a mano dos vestidos para Cati y para mí, además de un blusón a juego con mi vestido para Alberto. Nos dejó impresionados su talento, el cariño depositado en cada detalle y la enorme ilusión con la que nos entregó un regalo tan especial, que guardaremos siempre como un tesoro.

Para terminar el día, acudimos a la casa del párroco de la iglesia a la que habíamos asistido el domingo. Nos invitó a cenar junto a otros dos sacerdotes, ofreciéndonos una nueva oportunidad para conversar de cerca y conocer su realidad. 

A la mañana siguiente comenzamos una de nuestras últimas jornadas en Rongai. Por la mañana se realizaron las mediciones del campo junto a un técnico de una empresa especializada en la instalación de sistemas de riego. Alberto estuvo acompañándolo durante todo el proceso para dejar todo preparado y que, una vez hubiéramos regresado a España, pudieran instalar el sistema sin ningún inconveniente. Fue muy bonito comprobar que el trabajo iniciado durante nuestra estancia tendría continuidad y que el proyecto seguiría creciendo incluso después de nuestra marcha.

Por la tarde organizamos un nuevo taller de marcapáginas y collares. Una vez más, los alumnos nos sorprendieron con su creatividad, su ilusión y las ganas con las que participaban en cada actividad que les proponíamos. Ese mismo día, Alberto impartió también su última clase de agricultura. Les habló sobre los distintos sistemas de cultivo y de riego, los productos que cultivaba y la importancia del trabajo en el campo. La atención con la que escuchaban y el entusiasmo que mostraron durante toda la sesión nos hicieron sonreír; disfrutaron muchísimo y nos hicieron sentir que todo el esfuerzo había merecido la pena.

Al caer la tarde llegó el momento que ninguno quería que llegara. Como al día siguiente salíamos muy temprano hacia Nairobi, nos reunimos para despedirnos de los chicos. Fue una despedida profundamente emotiva y muy especial. Hubo abrazos interminables, lágrimas difíciles de contener, sonrisas y muchísimas palabras de agradecimiento. En ese instante comprendimos que, en tan solo un mes, aquellas personas habían dejado una huella imborrable en nosotros.

Ya en Nairobi compartimos el almuerzo con Brother Steve, que quiso despedirse también de nosotros antes de nuestro regreso a España. Allí conocimos a Teresa, voluntaria en un centro de acogida para madres embarazadas y mujeres con bebés recién nacidos. Después tuvimos la oportunidad de visitar aquel lugar.

Esa noche nos alojamos en el Escolasticado de Nairobi. Al día siguiente, antes de poner punto final a esta aventura, recorrimos el mercado de la ciudad para comprar algunos recuerdos para nuestras familias y amigos. Después tuvimos la oportunidad de compartir el almuerzo en la Casa Provincial junto al Visitador. Nos sentimos muy afortunados de poder conocerlo, conversar con él y despedirnos de Kenia en un ambiente tan cercano y fraterno. Sin embargo, mientras paseábamos entre los puestos comprendimos que los mejores recuerdos no podían comprarse. Los verdaderamente importantes son los que regresan con nosotros en el corazón: las personas que hemos conocido, las sonrisas compartidas, las lecciones aprendidas, los abrazos, la generosidad recibida y el inmenso cariño con el que nos han tratado desde el primer día.

Regresamos a casa con las maletas llenas de pequeños recuerdos, pero, sobre todo, con el corazón rebosante de gratitud. Kenia nos ha enseñado que la felicidad no depende de lo que se tiene, sino de cómo se comparte la vida con los demás. Nos llevamos amistades, experiencias que nos han transformado y la certeza de que una parte de nosotros se queda para siempre en Rongai. Porque este viaje termina, pero todo lo vivido permanecerá para siempre en nuestra memoria y, sobre todo, en nuestro corazón.