Abiyán, Costa de Marfil

Tras varias semanas compartiendo vida en el Hogar La Salle Akwaba de Abiyán, llega el momento de regresar a casa con el corazón lleno de nombres, historias y recuerdos que nos acompañarán para siempre. Resulta difícil resumir en unas líneas todo lo que hemos vivido, sentido y aprendido durante esta experiencia de voluntariado en Costa de Marfil.

 

Desde el primer día, el Hogar Akwaba, que significa “bienvenidos”, hizo honor a su nombre. Educadores, trabajadores y, especialmente, los niños y jóvenes del centro nos acogieron como si fuéramos parte de su familia. Pronto dejamos de sentirnos voluntarias para convertirnos en compañeras de camino en su día a día.

Durante nuestra estancia hemos compartido con ellos las clases de refuerzo de verano, talleres educativos, dinámicas, juegos y una inolvidable semana de campamento. Preparábamos cada actividad con ilusión, pensando en todo lo que podíamos aportar, pero muy pronto descubrimos que éramos nosotras quienes más estábamos aprendiendo.

Más allá de las actividades, han sido los pequeños momentos los que han marcado esta experiencia: las tardes viendo los torneos de fútbol, las partidas de cartas, los bailes improvisados, las canciones compartidas, los ritmos de los bongós y las conversaciones en el apatán, donde cada tarde nos reuníamos para compartir cómo nos sentíamos y cómo había transcurrido el día. Allí aprendimos que la alegría no depende de lo que se tiene, sino de cómo se vive y se comparte.

También tuvimos la oportunidad de conocer Abiyán y su catedral, Yamoussoukro y el Santuario Mariano de Nuestra Señora de África, lugares que nos permitieron acercarnos un poco más a la riqueza cultural y espiritual de este país tan acogedor.

Sin embargo, lo más valioso han sido las personas. Detrás de cada niño hay una historia que merece ser escuchada, una realidad que no deja indiferente y una enorme capacidad de superación. Nos ha impresionado su fortaleza, su deseo de estudiar y formarse, y sus ganas de construir un futuro mejor para ellos y para quienes algún día puedan encontrarse en situaciones similares. A pesar de las dificultades que han vivido, nunca les falta una sonrisa, una palabra amable o un abrazo sincero.

 

Como profesoras, esta experiencia nos ha recordado algo fundamental: educar va mucho más allá de transmitir conocimientos. Educar es acompañar, escuchar, creer en las posibilidades de cada persona y ayudarla a descubrir todo lo bueno que lleva dentro. Y precisamente eso es lo que hemos visto cada día en Akwaba.

 

 

Volvemos a España con una mirada diferente. Hemos comprobado que el voluntariado no consiste en ir a salvar a nadie, sino en dejarse encontrar por el otro. Hemos recibido mucho más de lo que hemos podido dar. Nos llevamos lecciones de resiliencia, de gratitud, de alegría y de esperanza que seguirán transformándonos mucho después de haber hecho las maletas.

Solo nos queda dar las gracias a PROYDE por hacer posible esta experiencia, a La Salle Costa de Marfil por abrirnos sus puertas y, especialmente, a todos los niños y jóvenes de Akwaba por enseñarnos que el amor, cuando se comparte, tiene la capacidad de cambiar vidas.

Porque África no nos ha dejado indiferentes. Y porque una parte de nuestro corazón se queda para siempre en Akwaba.